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Fischer, el rey pescador

Recuerda el comentario: “En Italia, en 30 años de dominación de los Borgia, no hubo más que terror, guerras y matanzas, pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron 500 años de amor, democracia y paz. ¿Y cuál fue el resultado? El reloj de cuco”.

Harry Lime. El tercer hombre.

“Aquí, mejor”.
Así de sorprendente fue la respuesta de Fischer cuando le preguntaron si su familia prefería ver el partido en An der Alten Alte Försterei, o en su casa en Suiza, durante la rueda de prensa previa al partido de vuelta de la promoción de ascenso contra el Stuttgart en 2018.

Urs Fischer, Illustration: Emily Sweetman
Urs Fischer, Illustrated by Emily Sweetman

La vida temprana de Urs Fischer en Zurich suena bastante idílica. No se sentía, desde luego, encerrado en una bola de cristal con nieve, si se le compara con los pocos que viven a la orilla del lago del mismo nombre. Su futuro jefe, Ancillo Canepa, por ejemplo, dijo que construiría una casa en la orilla izquierda del mismo si era realmente necesario, pero que prefería hacerlo en la derecha, y preferiblemente con espacio suficiente para un campo de fútbol. Porque este era el tipo de cosas que le preocupaban a él y a sus posibles vecinos.

El joven Urs era querido y tenía mucha confianza. No necesitaba el fútbol para salir de la pobreza, pero eso no quiere decir que no lo necesitara. En consecuencia, su padre le permitió jugar todo lo que quisiera, siempre y cuando terminara primero sus prácticas en el banco, porque, bueno, algunos estereotipos son reales después de todo, a pesar de los intentos por cambiar la historia y pintar a Fischer como un romántico huidizo y un soñador.

Del banco me dijo que [no solo fue una época] “totalmente normal”, sino que a su manera le dio algo de valor. “Me enseñó que, si pongo algo, recibiré algo a cambio”.

Y habiendo hecho lo que se le pedía, a cambio consiguió jugar. Así que jugó y jugó. De hecho, Urs Fischer jugó 545 partidos en la primera división suiza, algo al alcance de muy pocos.

Christoph Kieslich lleva una década y media viviendo en Suiza, es su casa, la entiende, y conoce perfectamente su fútbol y su gente. “He crecido allí”, le gusta repetir. También recordó que, aunque se exaltan por los grandes éxitos deportivos, no endiosan a las personas para luego hundirlas.

“Es diferente a Alemania o España, donde solo eres famoso cuando tienes mucho éxito. Construyen personajes, pero estos no están bajo la presión por triunfar. No necesitan ser héroes absolutos”. “Fischer”, -dijo-, “siempre estuvo en la sombra”.

Fischer era pequeño y no parecía un defensa – fue en gran medida un líbero que jugaba con el balón – ni siquiera parece un ex jugador. Para empezar, no tiene la nariz aplastada en mitad de la cara. Pero era perspicaz y “siempre tuvo buena anticipación”.

¿Era rápido? le pregunté.

“No, no lo era”.

Añadió, sin embargo, que era “Schnell im kopf”, lo que en realidad no resume del todo lo inteligente que era como futbolista, ya que era un jugador capaz de vislumbrar lances del juego antes de que sucedieran.
Más tarde, al repasar mis notas de la rueda de prensa previa al decisivo partido de vuelta ante el VfB Stuttgart, que llevó al FC Union Berlin a la 1.Bundesliga, me di cuenta de que también había resaltado lo mismo entonces. Aquel día dijo: “No siempre es necesario ser rápido de pies para anticiparte, lo importante es ser rápido de cabeza”.

Pero tenía algo más, ese deseo de no defraudar nunca a sus compañeros ni a su club, y de seguir jugando. Urs Fischer seguiría jugando hasta el fin del mundo si creyera que puede sacar un punto. Decía que era [un luchador, un jugador con mentalidad]. Pero también tenía un primer toque único; todos esos partidos le habían dado una rara habilidad técnica, y podía golpear la pelota como un jugador de billar haciendo carambolas.

Urs Fischer als Spieler
Urs Fischer, Photo: Matze Koch.

“Sí”, -dijo-, su frase desprendía ante todo humildad. “Creo que podría aportar algo.”.
Fischer estuvo en el FC Zurich desde los siete años. El Letzigrund era su escuela, su iglesia, su parque y su bar. Era un club vetusto, encaramado a la cima de la eterna jerarquía futbolística suiza, pero no había ganado nada desde hacía una generación.

El escritor e historiador Fabian Brändle escribió sobre el hombre al que solía llamar ‘Use’, con su marcado acento de Zurich – el mismo contra el que Fischer ha estado luchando desde que llegó a Berlín, pero que no desaparece por mucho que se sienta más seguro hablando Hochdeutsch que cuando llegó, utilizando palabras como ‘schlussendlich’ como muletilla para ayudarse a unir las frases-, aquel que nunca se detuvo, ni siquiera cuando su cuerpo le fallaba. Incluso cuando la acumulación de esos cientos de partidos en sus piernas le hacían sentir que arrastraba un neumático.

Nunca pararía hasta que por fin su esfuerzo tuvo recompensa. Ésta llegó con la Copa de Suiza que no lograban desde 1976.

Tras la prórroga contra el Lausanne, en la final, su capitán los condujo a la victoria. El pitido final se produjo con un empate a dos, y el FCZ se quedó con diez hombres tras la expulsión del delantero sudafricano Shaun Bartlett (Fischer había sido amonestado un minuto antes por conducta antideportiva, pero dice que ya ha olvidado el motivo, aunque probablemente solo intentó perder tiempo, o protestó de manera innecesaria).
Así que, por supuesto, Fischer lanzó el primer penalti de la tanda sin que nadie lo cuestionara. Por supuesto tenía que ser él, y por supuesto lo marcó porque los había lanzado en los entrenamientos durante la preparación del partido. Lo dijo después.

Urs dejó que el presidente del club, Sven Hotz – que vivía y respiraba el FC Zurich, y que había asegurado a su predecesor en su lecho de muerte que nunca los dejaría en problemas – levantara el trofeo antes que él. Y si el presidente suizo, Adolf Ogi, hubiera estado dispuesto a permanecer tanto tiempo en el ruinoso y oxidado estadio de Wankdorf, Fischer habría dejado que todos los aficionados lo levantaran también antes que él.
Por ello fue a Hotz y toda la afición del Zurich a quienes dedicó esa victoria.

Dijo que era una pequeña compensación por 29 años de decepciones, pero también fue un gran alivio. En el NZZ aseguró que había empezado a dudar de si alguna vez podría regalar una alegría así a la afición.

Brändle escribió en la web Der Tödliche Pass: “Estuve allí en esa noche extraordinaria. Por fin, después de tantas derrotas amargas, el FCZ había vuelto a ganar un título. Fue un bálsamo para el alma del aficionado”.

Tras aquel partido, Fischer sólo duró un par de temporadas más jugando. Pero al igual que tuvo que terminar sus estudios en el banco para jugar, sabía que tenía que seguir aprendiendo si quería progresar como entrenador.

Fischer parecía molesto cuando le recordé que no era el más paciente de los entrenadores tras colgar las botas. Había leído que gritaba a los jugadores, que no era capaz de entender que alguien no estuviese dispuesto a someter su cuerpo a las mismas batallas que él sin rechistar. Que se frustraba con los delanteros que fallaban al tirar a puerta (algo que contrastaba con otras de sus declaraciones de antes del partido de Stuttgart, en la que dijo que “conseguir que el balón rebase la línea de gol es lo más difícil del fútbol”). Le molestaba que los jugadores no tuvieran su visión, su capacidad para saber dónde acabaría el balón. O peor aún, cuando tenían que acelerar un pase porque habían dado un toque de más.

Había leído todo esto, estaba seguro de ello, y le pregunté, pero se lo tomó a mal y enseguida dudé de mí mismo. “¿De dónde has sacado eso?”, me preguntó. “Por supuesto que tenía paciencia”, dijo. Primero empezó a entrenar a los niños, a los menores de 14 años. Luego se abrió camino hasta los sub-23, aprendiendo todo el tiempo con la perseverancia que había tenido como jugador. Ya había pagado sus deudas.

Había trabajado en un puto banco porque jugar a fútbol era lo único que quería, nadie podía decir que no había sido paciente.

Tiene ojos grises, con una expresividad que proviene de los pliegues que los rodean. Cuando está irritado te miran de forma penetrante, como si no pudiera entender qué es lo que no entiendes, cuando es tan obvio para él. Ha tenido el pelo de punta la mayor parte de su vida – antes era un ‘cabeza redonda’, y luego hubo un breve devaneo con una melenita que salía con pompa wagneriana por detrás de él, hasta que adoptó el corte de pelo de un estudiante americano, un miembro del reparto de la serie Malcolm.

El sustituto de Hotz, el mencionado Canepa, un antiguo contable con encanto, contactos y mucho dinero, adoraba a Fischer y dijo en aquel momento que contratarlo tras su largo aprendizaje para ser el entrenador del primer equipo fue la mejor decisión que había tomado.

Según Kieslich, había encargado a Fischer un único objetivo: arrebatar el título al Basilea. El Zurich jugó bien toda la temporada, y les presionó hasta el final. Pero no fue suficiente. Al final, Fischer se quedó a las puertas de convertirse en campeón de Suiza por primera vez.

Su despido, tras el inevitable bajón del año siguiente, fue amargo. “Siempre es duro para un entrenador cuando es despedido por primera vez”, dijo Kieslich, “la primera vez en la vida de uno cuando alguien dice adiós, ‘tchüss, fertig’, se acabó”.

Canepa le rompió el corazón.

Fischer dijo que estuvo cabizbajo durante cuatro meses después de eso. Confesó que le preocupaba que la gente se volviera contra él. El rastro de sus lágrimas aún era visible cuando le dijo a Kicker, años después, que “el primer despido termina siendo algo positivo, aunque sea una mierda. Te quitan la red que tienes debajo, crees que el mundo se ha parado. Es una sensación extraña, pero hay que experimentarla”.

Encontró consuelo en el FC Thun, un club que rara vez se le ha considerado uno de los favoritos del fútbol suizo. Siempre han estado un escalón por debajo en la jerarquía de la competición.

Pero estaban bien dirigidos y se aferraban a su puesto en la máxima categoría con tenacidad, aunque solían acabar con los entrenadores con la facilidad con la que Garrincha lo hacía con los laterales. El Stockhorn Arena es cuadrado y funcional, y no desprende mucho ‘glamour’, solo está a un paso de la cara norte de la montaña que le da nombre, visible en un día claro detrás de una de las gradas, y se eleva poderosamente como la joroba de un poderoso búfalo nevado.

Stockhorn Arena
Stockhorn Arena and Stockhorn mountain, Photo: Vincenzo.togni (CC-by-SA 4.0) via Wikimedia Commons

Cuando Ernest Hemingway describió a Suiza como un país con más subidas y bajadas que llanos, tenía en mente este rincón de los Alpes berneses. Desde su cima se pueden ver el Eiger y la Jungfrau y la espiga dentada del Schreckhorn. Un poema de Johann Müller de 1536, citado en La historia de la escalada alpina, de Francis Gribble, menciona la montaña por su nombre.

Y llegar a la cima del Stockhorn. Desde donde, mirando hacia abajo,
hacia el este vemos lagos, pantanos y una ciudad,
Los torrentes del Simmenthal – al oeste,
Montañas como olas en el amplio pecho del mar.

Es fácil entender por qué Fischer decidió dar aquí sus siguientes pasos como entrenador, y por qué la fuerza del apretón de manos del presidente le convenció para sacudirse la ira y el rencor hacia su antiguo jefe.

Llevó al Thun a la cuarta plaza y a la Copa de la UEFA, incluyendo un partido salvaje y despiadado contra el Partizán de Belgrado, donde lanzaron bengalas sobre las gradas locales. (Cuando los hinchas del Hertha lanzaron cohetes desde su extremo en An der Alten Försterei hacia las gradas del Union, Fischer apenas se sorprendió de aquella escena. Ya lo había visto antes).

Kieslich se quedó callado cuando le pregunté si aquel momento fue realmente impresionante. Fue “increíble, absolutamente excepcional”, dijo, antes de añadir otros cuatro “sí” y al menos un “excepcional” más, aunque en realidad no hacía falta.

Urs: Uno de los nuestros.

Continuó con la historia. “El Basilea tenía, mientras tanto, a Paolo Sousa. Era un tipo inteligente y había sido un jugador maravilloso, su fútbol era divertido e interesante, pero tenía un estilo demasiado personal. Sousa nunca ha permanecido en ningún sitio más de dos años. Es un hombre que se siente importante, Paolo… es difícil acercarse a él, difícil de entender…”.

También dijo que el propio Sousa había sido solo el último de una línea de entrenadores que había logrado un período de éxito nacional sin precedentes para el Basilea. Pero todo ese éxito también conlleva miedo y autocomplacencia. El equipo tenía terror de tambalearse en las turbulencias de la gloria.

Necesitaban a alguien que uniera a todos, alguien con los pies en el suelo, que pudiera moldear una plantilla, varios de los cuales terminarían siendo infelices por defecto. Había jugadores internacionales que ni siquiera llegarían al banquillo, y había que mantenerlos a todos en el mismo barco. El estado de ánimo del club dependía de ello.

Fischer había dicho con la boca pequeña cuando firmó que, si en el país de los Alpes berneses habían entendido su forma de hablar, estaba seguro de que la gente de Basilea podría con ello, pero era consciente del rechazo inicial que podía haber. Porque se apreciaba en su acento, se podía ver en sus estadísticas a lo largo de cientos de apariciones. Aparte de una única, aunque larga, etapa en St Gallen, Urs había sido del FCZ, el máximo rival, desde que tenía 7 años.

En 2006, hubo disturbios cuando el Zurich ganó el título, en el último minuto del tiempo añadido del último partido de la temporada, en las narices de su anfitrión, en lo que se denominó la ‘Schande de Basilea’, que magnificó un problema que estaba a la vista de todos. El problema, como no, era que el FCZ y el FCB se odiaban mutuamente.

En las puertas del centro de prensa se pegó una pancarta para recibirlo a su llegada. Estaba escrita en alemán suizo, en letras grandes y negras. Decía:

Urs Fischer: Nunca uno de los nuestros.

En su segunda temporada – tras haber ganado la liga en la primera, como era de esperar – consiguió el doblete. El Basilea fue líder desde la segunda semana y se mantuvo en lo más alto hasta el final. Fue una notable demostración de su poder y superioridad sobre el resto de la liga, pero Fischer fue víctima del propio éxito del club, y de sus ambiciosas expectativas en la Champions League.

La prensa le acusó de conservador, y la nueva junta directiva quería a alguien que reconstruyera el club de arriba a abajo. El NZZ describió su destitución, anunciada con la mitad de la temporada por delante, como una ‘emancipación del pasado’, sea lo que sea que eso signifique.

A su vez, se le citó diciendo que le molestaba cómo se le retrataba. Que sus valores básicos se utilizaban como un palo para golpearle.

Kieslich mencionó a Roger Federer cuando hablábamos de la percepción de la fama deportiva en Suiza. Dijo que era un caso diferente, que tenía un estatus celestial. Comentó que “Federer tampoco es ya un gran héroe nacional, sino que se ha convertido en un icono mundial”.

Sin embargo, Federer estaba entre el público en el último partido de Fischer al frente del FCB, vestido de negro, con un reloj de pulsera, una ceja arqueada, y con un tufillo de oligarca. La cámara lo captó, aunque se aseguró de mantenerse semioculto. Era como si estuviera dando el beneplácito a la salida. Le daba su consentimiento para salir con honores, como un emperador romano que regala su vida a un gladiador.

Fischer llevaba una camisa blanca, con el cuello abierto, las mangas subidas y unos caros vaqueros azules con estilo campechano de hombre de negocios que llevan los hombres de mediana edad cuando salen. Sonrió y se llevó los aplausos, aplaudió a las cuatro gradas. No le dolió tanto como la última vez, porque había estado preparado, sabía hacia dónde iba el viento esta vez.

Había una pancarta en alemán suizo con letras grandes, brillantes y simpáticas. Esta vez decía:

Urs: Uno de los nuestros.

Más tarde dijo que lo había visto – ¿cómo no? – y que lo sentía como una “reafirmación de su trabajo”, lo cual también está bien porque todo el mundo quiere que le digan que es lo suficientemente bueno. Lo comentó al Aargauer Zeitung: “¿A quién no le gusta? Tú también querrías que te elogiaran por tu trabajo en lugar de criticarte”.

Kieslich me contó que había tenido una conversación con un antiguo directivo del Basilea que le dijo que, de todos los entrenadores de aquella década de dominio sin parangón, Fischer era el mejor de todos.

Germano Vailati era entonces el segundo portero del Basilea. Tenía 33 años cuando firmó, pero había sido un aventurero a lo largo de su carrera, recorriendo Suiza y varias zonas de Francia con un par de guantes en el bolsillo, sus medallas de campeón de la segunda división y de la copa suiza en una caja, y una tonelada de aparejos de pesca en la maleta.

Y no le importaba su puesto secundario en la plantilla – fue su elección – porque eso significaba que estaría en el club más exitoso del país. Era feliz. Jugó 14 veces en seis años.

“Fue la mejor época de mi carrera”, dijo por teléfono desde Basilea, pues Vailati no es un hombre que necesite la gloria futbolística para prosperar.

También es el hombre que introdujo a Fischer en su única y verdadera pasión fuera del juego que adora y la familia, que echa de menos.

Urs Fischer
Urs Fischer, Photo: Matze Koch

“Urs dijo ‘la pesca con mosca no es para mí’. Yo le dije ‘vale, no hay problema’. Pero entonces fuimos a Crans-Montana, a un pequeño lago, y vino a ver cómo era. Lo probó y dijo ‘oh, no está tan mal’. El lunes siguiente, Germano recibió el visto bueno. “Por favor, ¿puedes conseguirme todo el material?”, pidió Fischer. “Quiero empezar a pescar con mosca”.

Ya pescaba. Su padre le había comprado una caña por Navidad cuando era un niño. “Y los regalos hay que probarlos, ¿no?”, me dijo.

Se levantaban a las 2 e iban al Quailbrücke, un puente construido en 1895 por Arnold Bürkli. Podía ver desde allí las mansiones de los millonarios dormitando, luces parpadeando en los márgenes del lago, la ciudad preparándose para ponerse en marcha un día más. Max Frisch – originalmente arquitecto, pero que llegó a ser un importante dramaturgo, y que también era un famoso hijo de Zurich que tenía una historia de amor con Berlín, como tuvieron Bürkli y Fischer – escribió sobre ‘las curvas que brillan como una guadaña torcida que corta el paisaje verde y ondulado’.

Pero el Quailbrücke resultó ser demasiado céntrico. Vailani le mostró que las aguas ricas en calcio del campo podían ser casi un rival para el verde cuidado del césped del estadio. Era algo diferente…

Los que saben del tema hablan de la pesca con mosca como una búsqueda casi espiritual. Abundan los castores y las garzas y – en las ondulantes tinieblas donde son más felices, lejos del resplandor de la luz del sol – las truchas. Hay música entre el susurro de las hojas, el murmullo del agua y el frescor del aire. Luego, el silencio, solo el tiempo de la respiración y la espera, el saber que las sombras y las ráfagas de viento a cien kilómetros río arriba pueden afectar a los continuos movimientos del río, la confluencia entre la naturaleza y el hombre.

“Es saludable, es fácil, no se trata de trabajo. Todo el mundo está allí porque quiere, no porque estén obligados”, dice Vailani. Le pregunté si están en un silencio monacal como me imagino. “No. Miras el río, y hablas de la vida, no hay estrés si tienes algo que decir… pero el único foco de atención está en los peces y en el río. Es casi imposible pescar a mosca y pensar en otras cosas. Tienes que concentrarte, pensar en qué mosca usar, de qué se alimentan las truchas, cómo puedo lanzar allí…”

“Un día estás en un estadio con 40 o 50 mil personas, todo muy caótico, y al día siguiente estás en la naturaleza sin nadie y puedes recargar las pilas para la semana y para el siguiente partido”.

Fischer coincide. “También me ayuda con mi trabajo, puedo desconectar completamente de todo lo demás”.

Puedes hacer el mejor lanzamiento, la mosca perfecta aterrizada en el lugar perfecto, pero a veces el pez sigue sin picar, con la barriga llena y los sentidos agitados. Con las burlas y los juegos, la colocación de trampas largamente pensadas, también hay un juego, una competición entre el pescador y el pez, pero ambos piensan que al final no importa quién gane.

Nunca se puede ser el pescador perfecto, y ahí reside su encanto, creo, para una persona que trabaja tan duro como Fischer, esforzándose por conseguir precisamente eso de su equipo.

“A mí también me parece bien no ser perfecto”, dice tímidamente.

Pero en eso, presumiblemente, sólo se refiere a la pesca.

Debido a las medidas para prevenir el contagio de la Covid, la rueda de prensa previa al partido de Copa de la primera ronda del Union contra el Türkgücü, poco antes del inicio de la temporada 2021-22, fue la primera, como comentó inmediatamente Christian Arbeit, que se celebró en la sala de prensa del club desde hace más de un año y medio. Sonrió al presentar a Fischer a su derecha. Fischer devolvió la sonrisa y mencionó lo agradable que era estar de vuelta. Parecía decirlo en serio ya que no es un hombre que diga cosas que no piensa.

Las paredes son de color mostaza pálido, con ocasionales destellos de gris metálico que invocan los mitos de las raíces industriales del club. Hay un oso sobre una pelota y los nombres de Fischer y de Arbeit están escritos delante de sus atriles.

Había menos cámaras que durante la excitación de las dos primeras temporadas en la 1.Bundesliga, o sobre todo la de dos días antes del partido de Stuttgart. Las cuatro filas de mesas, brevemente repletas de periodistas extranjeros, así como de toda Alemania, estaban en gran parte vacías. Era como si los que nos manteníamos nos hubiéramos quedado detenidos en el tiempo.

Hubo preguntas, algunas solo sobre táctica y lesiones, otras sobre el rival y si Fischer había jugado alguna vez en el Grünwalderstadion. (“No”, respondió, dejándolo así). Y luego hubo otras sobre los índices de infección y las pruebas. Fischer pasó rápido sobre las de carácter futbolístico, un maestro en hablar sin decir nada. Dijo que Christopher Trimmel seguiría siendo el capitán porque eso era lo que todos querían, y todos estuvimos de acuerdo porque no hay nadie más fino que él, nadie más humano, pero también lo suficientemente comprometido e inteligente como para saber mejorar su juego como lo ha hecho en los últimos tres años.

Fischer se mostró algo irritado al tener que explicar lo fácil que es que una defensa de cinco se convierta en una de tres con un ligero movimiento, y que la diferencia entre ambos sistemas es mínima. Porque, como él insinuó, eso era algo muy básico.

Urs Fischer Pressekonferenz
Urs Fischer doesn’t reveal a lot during press conferences, Photo: Matze Koch

Pero cuando se plantearon las inevitables preguntas virológicas, las cuestiones de los sanitarios, los políticos o los científicos, las delegó, dejando que Arbeit se hiciera cargo. Luego miró por encima de nuestras cabezas, apretando y desencajando la mandíbula, y sólo sus ojos delataron el hecho de que ya no estaba en la sala. Estaba en algún lugar más agradable, en un campo de fútbol, o en un río brillante con el agua hasta las rodillas con una caña en la mano y sus amigos a la vista, riendo, charlando tranquilamente sobre la vida y el universo y sobre cualquier cosa que no tuviera nada que ver con el fútbol.

Nunca ha restado importancia a los efectos de la Covid, aunque sí ha mencionado lo mucho que echaba de menos tener aficionados en los estadios. Pero, como me dijo un poco más tarde, que le pregunten por cosas que no tienen que ver con el juego en sí forma parte del trabajo. Y es, después de todo, el mejor trabajo del mundo, y en qué puesto no tienes que soportar algunas tareas estúpidas. Fischer sabe que es un precio que vale la pena pagar siempre. Ha dicho que nunca podría volver a entrenar a niños porque es la presión que se siente en la cima del juego de la que se alimenta. Es el estrés lo que hace que todo valga la pena.

“Sí”, dijo al volver a la sala de prensa de su ensoñación, “será duro tener que jugar en tres competiciones”, pero estaba seguro de que lo llevarían bien.

Al terminar estrechó la mano de todos. Es el primer entrenador del Unión que acostumbra a hacer este gesto. Es un bonito detalle, Claudio Ranieri también lo suele hacer. Al principio pensé que lo hacía porque, aunque no signifique que la prensa no se vuelva contra ti cuando tu equipo deje de ganar, puede que haga que los cabrones sean un poco más amables contigo cuando las cosas van mal.

Urs Fischer shakes hands, Photo: Matze Koch

Pero luego le dijo a Christoph Biermann en su imprescindible libro Wir werden ewig leben que lo peor del confinamiento era la falta de contacto humano. Decía que le gustaba abrazar a sus amigos.

Biermann pasó un año siguiendo a Fischer mientras detallaba la primera (en la que muchos esperaban que fuera la única) temporada del Union en la 1.Bundesliga. Sin embargo, la primera vez que escribió sobre el club en profundidad fue en 2013, cuando realizó un artículo de portada para la revista 11 Freunde.

Al recordar ese artículo, hay cosas que ya no se ven y que saltan a la vista: las imágenes de Jochen Lesching vendiendo programas, Torsten Mattuschka sobre el terreno de juego y el túnel de plástico que serpentea desde la parte trasera del campo mientras la nueva tribuna, aún sin construir, se levanta detrás. También mencionó los derbis contra el Hertha BSC en la Segunda División.

Y en las primeras frases preguntó: “Wie geil ist es eigentlich, wenn 25.000 menschen singen?”, (“¿Cómo es de genial cuándo 25.000 personas cantan al unísono?”) sin saber que ‘geil’ – genial – iba a ser exactamente la palabra que Fischer utilizaría para describir el ambiente de la noche en la que, una década más tarde, el Unión empató a cero contra el Stuttgart y se aseguró la participación en la máxima categoría, después de todo.

Sí, ‘geil’ fue, en efecto, la palabra perfecta, mientras las bengalas ardían y la gente desfilaba por el campo con el pecho hinchado, abrazándose, cantando, igual que cuando Biermann la eligió en su momento. Fischer dijo después que aquella noche fue como una película, que las imágenes de An der Alten Försterei de aquel día, quedarían grabadas en su memoria para siempre.

El cambio que ha habido desde que Urs Fischer está en el 1.FC Union Berlin era totalmente impensable cuando 11 Freunde publicó aquella historia. Pero, como todo pescador sabe, nunca se puede estar dos veces en el mismo río.

Le pregunté a Biermann qué era lo que diferenciaba a Fischer, qué era lo que le había permitido lograr todos estos triunfos.

“Creo que tácticamente es muy bueno”, respondió. “Y considero que tiene una auténtica comprensión del fútbol, de lo que ocurre en el campo… Pero diría que no es sólo esto. Sabe transmitirlo, que es lo difícil. Porque a veces es diferente si estás un metro a la derecha, un metro a la izquierda o un metro atrás, y él lo sabe y puede explicarlo”.

Fischer consigue que los jugadores realicen tareas creativas dentro de estructuras aparentemente rígidas. Desde las alturas en la cubierta superior del Olympiastadion, las líneas trazadas en el campo por su equipo parecían dibujos arquitectónicos.

Quería saber cómo ha contribuido Fischer al éxito del Union, un club tan arraigado a su propia mitología rebelde que a menudo le ha frenado. Biermann dijo que su influencia directa se limita a su departamento deportivo, pero que a través de su profesionalidad y su amplia capacidad de delegar ha sido capaz de arrastrar a todos los demás con él.

Vailati dijo: “Tiene un buen corazón, es muy claro y directo. Puedes salir con él, tomar un café y hablar de todo, siempre fue así, con el mejor jugador del equipo o con el que solo juega un par de veces. Para él era muy importante que la persona estuviera por encima del jugador”.

“Pero también me parece que ha desarrollado un sexto sentido para saber qué les pasa a los jugadores de manera individual, de saber cómo está el equipo, de generar una atmósfera positiva… Creo que es simplemente un muy buen gestor de hombres… Es excepcional”, dijo Biermann.

Así es como alguien como Christopher Trimmel pudo, no solo prosperar como capitán, sino también mejorar hasta el punto en que lo ha hecho. Cómo ese nivel de instrucción metro aquí, metro allá, le ha cambiado como jugador.

Christopher Trimmel and Sebastian Andersson listen as Urs Fischer is giving instructions, Photo: Matze Koch

En el libro, Biermann cuenta una anécdota en la que Trimmel acudió a la fiesta de cumpleaños de una buena amiga suya que estaba muy mal de salud. Con voz entrecortada le pidió un tatuaje de un elefante -el más fuerte de los animales, había dicho – y la noche se prolongó hasta la madrugada, ya que el lateral austriaco regaló tatuajes a juego a otras siete personas de la fiesta.

Mostró tanto su humanidad como su espíritu artístico, una anécdota que uno no espera encontrarse en el relato de una temporada de la Bundesliga, en un mundo de machos alfa. Biermann vivía cerca de Trimmel, pasaron algún tiempo juntos y uno tiene la sensación de que el escritor tiene más en común con el bohemio lateral derecho que con muchos otros en el entorno del Union, y afirma que el propio jugador merece mucho crédito y respeto por su determinación a llegar a ser lo que ha sido.

Pero el mérito es también de Fischer, que le dio su espacio para respirar y la responsabilidad correcta para prosperar.

El gol que marcó en el diluvio del Olympiastadion contra el Feyenoord fue de una belleza atronadora, ideal para la ocasión. Con el 1-0 en contra ante un equipo al que la afición había llegado a odiar durante los 15 días anteriores, el Union disparó dos veces, tres veces, rondando el último tercio de un terreno de juego empapado en el que el balón no corría, con zonas encharcadas sobre todo cerca de los banderines de córner. La escena era oscura, el viento luchaba contra todos. El balón daba vueltas, descontrolado, y amenazaba con hacerlo a perpetuidad hasta que Trimmel le dio de lleno, un disparo que dejó de subir solo cuando su impulso fue finalmente roto por la red.

Christopher Trimmel after scoring against Feyenoord Rotterdam, Photo: Matze Koch

El Union había sido superado durante gran parte del partido. No fue un dominio abrumador, pero el equipo holandés fue más hábil y parecía más acostumbrado a ese tipo de partidos. El gol de Trimmel ofreció una oportunidad, aunque al final no se aprovechó.

Su jefe incluso detuvo su paso y sus gestos, y dio una pausa a las instrucciones y silbidos, ladridos y aullidos ante la tormenta que lo hacían parecer el capitán de Jack London, Lobo Larsen, en El lobo de mar, subido a la cubierta en un momento para celebrar.

“Sus manos agarrando los rayos y mantenían la goleta en el rumbo que su voluntad le imponía, convertido en un Dios de la tierra, que dominaba la tormenta, sacudiéndose de encima sus aguas y cabalgándola a su capricho”.

Urs Fischer during the match against Feyenoord Rotterdam in Berlin’s Olympic Stadium, Photo: Matze Koch

Por su parte, el gol de Trimmel en An der Alten Försterei, en el derbi contra el Hertha unas semanas después, fue desde una distancia similar, pero con otro ángulo, y en su lado natural del campo. En este caso, golpeó antes de que el balón botara por segunda vez, tras un córner que atravesó el área en dirección al segundo palo, manteniéndolo raso entre una maraña de piernas.

También había marcado con Austria en un partido de clasificación para el Mundial unos días antes. A finales de 2021, Christopher Trimmel hacía gala de ser uno de los mejores laterales en una tierra llena de ellos. Estaba en el mejor momento de su carrera.

Christoph Kieslich me contó una historia – me dijo que podría ayudarme a entender a Fischer- sobre cómo, desde hace 16 años, juega al fútbol sala una vez a la semana con el antiguo director deportivo del Basilea, Georg Heinz. Después iban a tomar una pinta y un schnitzel. El escritor alemán se ha acostumbrado a ello, porque echa de menos su casa, sus amigos y sus rutinas, y es difícil mudarse a un nuevo país en el que el idioma es como el tuyo, pero no exactamente el mismo.

Y Fischer apareció varias veces.

“Tenía probablemente 49 o 50 años. Por supuesto que entiende el juego, ha jugado 500 veces en la máxima categoría. Jugábamos a un ritmo lento, pero nos divertíamos, sin dureza porque todos teníamos que ir a trabajar al día siguiente, pero seguía habiendo algo de espíritu, dejábamos correr el balón… Fue fascinante en muchos sentidos, Urs tenía mucha clase, aunque era defensa, es el tipo de persona que puede jugar sin entrenar nada… su toque de balón era perfecto, el balón estaba seguro con él. Siempre daba el pase correcto. Ni siquiera regateaba. No tenía nada de pretencioso, era auténtico”.

“Recuerdo un partido en el que jugamos a llegar a 10”, continuó, “y en el 9-9 Urs marcó el décimo con una volea increíble, y corrió por el campo celebrándolo”. Describió la escena de Fischer recorriendo el campo con los brazos en alto. Y después, en el pub, se mostró como uno de ellos, tomando el pelo, relajado, fácil”.

Biermann sigue claramente impresionado por él, y no creo que sea fácil impresionarle. Lleva mucho tiempo escribiendo sobre fútbol al más alto nivel, en cotas superiores a los que el Union ha alcanzado en la mayor parte de su escasa historia.

Urs Fischer and Christoph Biermann, Photo: Matze Koch

¿Cuáles fueron tus primeras impresiones, te sentiste intimidado por él? pregunté, habiendo sentido eso yo mismo. “No”, dijo. “La única vez que lo sentí, y también por Markus Hoffman, fue hacia el final de la temporada, cuando tuvieron un bajón y una semicrisis, entonces me parecieron insoportables. Había mucha tensión que me resultaba difícil de sobrellevar. Pero no, nunca me sentí intimidado”.

La mención a Hoffman, su segundo entrenador, es importante. Su carrera futbolística es diferente a la de Fischer. No tuvo el lujo de jugar en tan pocos clubes, de jugar semana tras semana, ser un nombre que quedará en la historia de un equipo. Era un delantero de ligas inferiores que tenía dificultades para marcar. Marcó 2 en 35 partidos con el Wacker Burghausen, uno de ellos en una derrota por 5-1 en el campo del SSV Reutlingen. Fue el gol del empate, a los dos minutos de la segunda parte, y fue expulsado 18 minutos después. También lo fue otro de sus compañeros de equipo. E incluso su entrenador.

La suya es una presencia constante en la vida de su colega Fischer, compañero de pesca (estaba allí el día en que Germano los llevó por primera vez al lago), su compañero planificador, táctico, analista y obsesivo del fútbol (como lo era cuando jugaban al fútbol sala en Basilea). Pero también es su mejor amigo en una ciudad en la que viven sólo para trabajar.

Sin Hoffi, uno sospecha que Fischer no sería nada allí.

Según Kieslich, “no es ningún secreto que cada noche está con Markus, lo que hacen los dos es un trabajo serio. Quizá sea más, pero no menos. Es trabajo”.

Porque Urs Fischer no está en Berlín por el ‘glamour’, ni por la adrenalina de escuchar techno comercial hecho para vender coches, reproducido en bares sobrevalorados llenos hasta los topes de futbolistas. Tampoco está allí para observar el constante movimiento de una ciudad que Karl Scheffler describió en 1910 como “condenada a estar siempre en llegar a ser, y nunca solo en ser”.

Cuando le pregunté a Biermann si se había sentido más cercano a Fischer, de la misma manera que claramente lo había hecho con Trimmel, en el transcurso de esa temporada, dijo: “Creo que nadie se acerca realmente a él, y diría que eso forma parte de cómo hace lo que hace… Bueno, así dicho, parece un poco distante o alejado, y no es cierto, pero creo que considera una especie de deber profesional mantener cierta distancia con los jugadores, con el personal, el presidente y con todo el mundo en el club en definitiva, para que las cosas no se vuelvan emocionales en cierto modo. Fue muy amable conmigo, pero no quería ser mi amigo, había límites como con los demás. Y creo que es muy consciente de lo que pasa con la gente con la que trabaja, y la mayoría de ellos son felices también porque les da su espacio”.

Urs Fischer und Christoph Biermann im Gespräch, Foto: Matze Koch
Urs Fischer and Christoph Biermann talking to each other, Photo: Matze Koch

Se trata de saber, como ha dicho, dónde poner el límite.

Según un peculiar artículo de la revista Blick, Fischer vive en Köpenick, a orillas del río Spree, en un piso limpio con muebles negros, elegantes pero austeros, que ha hecho traer de los Alpes para sentirse como en casa. Sus hijas, ya mayores, tienen una pequeña habitación con dos camas preparadas para cuando vienen a quedarse. Dice que echa de menos a su mujer.

Sigue fumando de vez en cuando, le gusta un buen vaso de vino, y suele comer espaguetis por las noches mientras ve fútbol en la televisión. A primera hora de la mañana se toma un café en soledad, antes de ir a la oficina que se encuentra en las entrañas del estadio, recorriendo siempre esa corta distancia en coche.

Es una existencia casi ascética – casi – y hay algo triste en ello. Pero Fischer tiene que hacerlo así, todo es en nombre del trabajo que hay que hacer.

Creo que esto es lo que llevó al punto en que se volvieron, según Biermann, “insoportables”. Escribió:

“Antes de la temporada, Fischer me había advertido de que podía haber momentos en los que se volviera ‘de piel fina’…” Describió la preparación de un partido ante el Schalke. “No estaban enfadados, pero parecía haber una fuerza más oscura en su interior, que o bien no estaba allí antes, que yo había pasado por alto, o que habían logrado mantener oculta de mí”.

Urs Fischer and his team, Photo: Sebastian Räppold/Matze Koch

En una de las escasas entrevistas que ha hecho para el programa de Union (la ausencia de Fischer es notable en la mayoría de ellas) dijo que su disco favorito era ‘Papa was a Rolling Stone’ de The Temptations. Esto me llamó la atención no sólo porque no lo tenía por un hombre de alma psicodélica sino también porque es una canción sobre la traición, sobre las mentiras y sobre un hombre que parece ser lo contrario de todo lo que esperaba de Fischer.

Sí, probablemente la eligió porque está condenadamente cerca de ser el punto álgido de la cultura pop del siglo XX, pero, aun así, su historia es contraria a las cosas que parecen importantes para él.

Mi última pregunta era sobre la lealtad. Le pregunté por su importancia, tanto en el fútbol como en la vida.

“[La lealtad] es lo más importante de todo”, dijo. “Creo que sin lealtad no hay comunidad. Creo que, si alguien no es leal, entonces…”

“¿Pero crees que a veces…?” Empecé, pero él se me adelantó y me interrumpió.

“No… adiós. Se acabó. Traza una línea ahí debajo. Adiós”, dijo sin rodeos. “Creo que es un requisito indispensable en el trabajo”. Concluyó incapaz de aceptar una pregunta tan estúpida.

Me pregunté si eso le hacía un poco anticuado en esta creencia, en el fútbol moderno.

“¿Soy qué?”

Dije que ya no veía mucha lealtad en el fútbol.

“Ooooh, por supuesto. Todos los días. Mira el trabajo diario en mi equipo de entrenadores. Creo que, si no se es leal, nadie trabajaría tres años juntos… No hay ninguna posibilidad, ninguna, ninguna. Ninguna”.

Se había reducido a meras sílabas, incrédulo de que pudiera ser tan cínico cuando todo lo que hace, todo su universo, gira en torno a este principio humano tan básico. No podía imaginarlo. Su voz no subió de tono por la irritación, sino que bajó un poco más y me miró como preguntando si eso era todo, de forma similar a como lo hace con Christian Arbeit al final de las ruedas de prensa, y le agradecí su tiempo. Intercambiamos un par de bromas y se despidió.

Pero antes de que lo hiciera, juro que le vi negar con la cabeza al volver a pensar en ello…

Translated by Alberto (@fcunion_es)

4 Kommentare zu “Fischer, el rey pescador

  1. Bettina Quendt

    Krieg ich jetzt immer alle spanisch-und englischsprachigen Mails ?

    • @Bettina Nein, denn wir veröffentlichen weiter auf Deutsch. Allerdings können wir den Versand nicht nach Sprachversion unterschiedlich einstellen. Jedenfalls hätte sich der Aufwand dafür nicht für diese einmalige Aktion gelohnt. Ich hoffe, dass dich die 3 Mails zum selben Artikel in einer jeweils anderen Sprache nicht allzu sehr genervt haben.

  2. Rico Jürschik

    Schön mal was auf spanisch zu lesen. Wird umgehend nach Barcelona verlinkt. Dankeschön!

    Auch wenn ‘el Rey de pescadores’ im Sinn von ‘König der Fischer’ richtiger wäre und català in meiner zweiten Heimat beliebter ist …

    • Wenn man vom englischen Original “Fisher King” ausgeht, ist “rey pescador” doch die bessere Übersetzung, denn damit ist genau die Sagengestalt gemeint und nicht irgendein König der Fischer.

      Ich schicke es auch gleich nach Barna.

      Fins ara

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